La vitrina de perfumes
En sus inicios las fragancias consistían en resinas aromáticas y aceites vegetales que se quemaban para rituales religiosos. Hay varias etapas importantes en su evolución:
Los primeros datos de perfumes aparecen en Mesopotamia en el segundo milenio a.C., donde destacó Tapputi-Belatekallim como primera perfumista reconocida. Los egipcios perfeccionaron la maceración de flores en grasas.
Durante la Edad Media, en el Al—Ándalus, perfeccionaron las técnicas de destilación y en el Renacimiento, en Hungría, se creó el primer perfume moderno con base alcohólica: «Agua de Hungría».
En el siglo XVIII con el auge de las cortes europeas, la ciudad de Colonia dio nombre a la clásica «Agua de Colonia» y en Francia, la región de Grasse se consolidó como capital del perfume. En el siglo XIX y XX con los avances químicos se sintetizan las primeras gotas aromáticas artificiales, marcando el nacimiento de las grandes casas de lujo.
Estos frascos están en el zoco de Dubai, como una reminiscencia de antaño y cuyo bellísimo despliegue de colores inspira a nuestras autoras a historias que contienen diferentes aromas.
Cristina Vázquez
Malena Teigeiro
Liliana Delucchi
Marieta Alonso
Traición
Cristina Vázquez
Nunca le había gustado el trato con los árabes. Moros, los llamaba Arturo con desprecio.
—No hables así de nadie —le exigía iracundo su padre—. Y menos cuando no los conoces.
El hijo se callaba la respuesta que hervía dentro de él.
El padre, don Genaro, un hombre rechoncho, con un bigote de otra época, que se atusaba con precisión quirúrgica, emprendía cada jornada como un reto que el destino le deparaba. Al ir por la calle hacia su oficina, miraba en los escaparates su redondeada figura y gruñía por lo bajo, “yo gano con la proximidad”. Estirándose las puntas del bigote se animaba, guapo no, pero había creado un imperio y las mujeres se rendían ante su savoir faire y ¿por qué no reconocerlo?, ante su perfumada fortuna.
Todo había empezado muchos años atrás en el zoco de Tánger. Las peripecias de la vida de su padre, un militar díscolo y borrachín, había dejado varada a la familia en esa espléndida ciudad que don Genaro terminó amando. La madre, amargada por las continuas desapariciones y ruidosas vueltas del marido, decidió que a los dos hijos había que colocarlos para tener cierta estabilidad económica. Ella empezó también a trabajar de secretaria con un comerciante español de perfumes y Genaro entró en el puesto del zoco que este tenía y que regentaba su socio marroquí, Ahmed.
Al principio, Genaro era el chico para todo. Hacía los más variados encargos: recoger ropa, traer comida o tabaco, llevar dinero al banco… Poco a poco el señor Ahmed se acostumbró a la presencia de ese muchacho menudo y espabilado y le empezó a enseñar los secretos antiguos de los perfumistas. Cuando no había gente lo sentaba delante de esa pared llena de frascos de distintos colores, que le encantaba. Tenía que reconocer cada uno de los aromas que contenían. Si acertaba le daba una moneda o un dulce y si erraba, un pequeño, suave fustazo en los dedos. Cambiaba el color del frasco para que no se los aprendiera de memoria.
—He conseguido que tengas una nariz excelente —confesó un día con grave sonrisa—. Hoy, para celebrarlo, vendrás a comer a mi casa.
Comprendió el gran honor que le hacía y con nerviosismo y el pelo repeinado, se presentó con un ramo de flores para la señora de la casa. Ahmed se lo agradeció, pero no había señora, tan solo su hija Fátima.
Se quedó asombrado de la riqueza de la vivienda, en comparación al modesto puesto en el que trabajaba en el zoco.
—Te has quedado pasmado, chico —le golpeó en la espalda—. Cierra la boca. No es bueno mostrar lo que se tiene.
La hija, Fátima, apareció poco. Les sirvió el té después del almuerzo. Genaro oía su devenir y su voz riendo por el fondo del pasillo. Volvió varias veces y, durante las ausencias de Ahmed, conoció a Fátima en profundidad y se confesaron su amor.
—Imposible —le aseguraba siempre ella con una mueca de dolor—. Mi padre nos mataría.
No los mató, sino que aceptó su matrimonio convencido de que ese chico era un digno heredero de su empresa. Decidieron que había que expandirse con la ayuda del socio español. Genaro empezó a viajar a España y a hacer una magnífica labor agrandando el negocio. Pasado un tiempo exigió una importante participación o si no la desgajaría de le empresa madre, como así sucedió. Él se quedó en España y Fátima en Tánger donde se veían a escondidas cuando él volvía por algún asunto.
—Mi padre nunca te perdonará que le hayas traicionado —le confesó la última noche que estuvieron juntos, recordando sus primeros días de pasión.
Le avisaron a los nueve meses que Fátima había muerto al dar a luz un chico. Tenía que hacerse cargo de él. Ahmed no quería criar al hijo de un traidor. Genaro dejó al chico, al cual llamó Arturo, en casa de su madre para que lo criara, hasta que se casó con una española y se llevó al niño para que creciera como uno más en la nueva familia que iba a fundar. Y así fue.
Exigió que nunca se enterase quién había sido su verdadera madre. Aunque a través de medias palabras de antiguos empleados se enteró de rumores acerca de traiciones y líos con mujeres. Pero eso se lo callaba frente a su padre y por eso los odiaba. ¿Qué le habrían hecho a su padre? No entendía que él nunca le permitiera decir nada negativo de ellos, pero nadie le quitaba de la cabeza que todos los moros eran unos traidores.
La aurora boreal
Malena Teigeiro
Tengo ya setenta años y desde que recuerdo llevo conmigo ese olor a perfume árabe días tras día. Me persigue. Mejor aún: Ese aroma dulce, a madera, a frutales, a flores, me envuelve como un sudario. Incluso tiene una fragancia a pimienta que me araña la nariz haciéndome estornudar.
Fui el hijo de un matrimonio noruego, él era pescador y ella una eficiente y bellísima ama de casa. Viví con ellos en Hammerfest, donde reinan y bailan las auroras boreales. Esas no tienen perfume alguno. Llegó un momento que decidí que tenía que conocer de dónde provenía aquel aroma que caminaba pegado a mí como la cola a la lagartija. Tenía que descubrir qué era aquello que no me dejaba ni un momento de tranquilidad. Y llevado por esa necesidad, me trasladé a Oslo. Allí, en la más prestigiosa universidad de mi país, estudié Química. Necesitaba conocer de primera mano qué era lo que producía los perfumes. Y de dónde provenía el olor que me envolvía como un sudario.
Durante esos años de estudio, introduciéndome algodones en la nariz, y a pesar de que también sentía que me penetraba por la boca, lo que no me molestaba demasiado, conseguí aislar el potente olor de mi mente.
Terminados mis estudios, me mudé a Columbia, en Estados Unidos. Allí me casé con una mejicana, y tuve tres hijos, más parecidos a ella que a mí. Mi mujer, por desgracia falleció muy joven. Ella olía a tequila, a sol y arena y su aroma era tan fuerte que casi llegaba a cubrir el otro, el mío. Y mis hijos, totalmente americanos, tristemente llevan encima el olor de la mostaza y del kétchup.
Lo mío era diferente. El perfume que me perseguía era otra cosa. Era el del espeso ámbar, del potente azafrán y el cardamomo. Algo que nunca pude entender, porque el país en donde nací huele a naturaleza, limpia y pura. A tierra mojada, a lluvia. Allí tan solo existe un perfume duro, uno que araña el alma: el de la humedad de las tormentas. Y también huele a los rayos de sol que penetran entre los árboles de los bosques. Y a la dulce y tranquila fragancia de la nieve.
Cuando me jubilé, ya viudo y con mis hijos casados, volví a mi casa de Hammerfest. La encontré en bastante mal estado, la verdad. Me entretuve arreglándola y en cuanto paraba de clavar maderas, colocar ladrillos o pintar paredes, me dedicaba a pasear. Con los ojos cerrados me detenía por los bosques, por las playas recogiendo los perfumes de mi niñez. Visité mi antiguo colegio tan solo con el ánimo de obtener el viejo olor de mis profesores, de mis amigos, de mi escuela, esa que siempre olía a lejía, a tiza, a limpio sudor infantil.
Hasta que una mañana paseando por el puerto me sorprendió una pequeña borrasca. Aquellos vientos removieron mis recuerdos. Entre todos ellos una figura se me aparecía una y otra vez. Era la de mí siempre alegre madre. La vi allí, en el mismo puerto, con su capucha rodeada de piel de zorro blanco, agitando el brazo. Se despedía de mi padre que entre el viento y el frio se alejaba en su barco de pesca.
Y como si de un capítulo de la serie más vulgar fuera, la vi caminar por el puerto hasta subir a un barco. La seguí. La puerta del camarote donde había entrado estaba semiabierta. Ella estaba en la cama entre los brazos de un hombre. Era moreno, de ojos castaños, casi verdes. Su piel olivácea, brillaba cubierta por un ligero sudor que, como si fuera una aurora boreal, bailaban por la habitación emanando ráfagas del intenso, dulce y picante perfume que me persiguió toda la vida.
Los perfumistas
Liliana Delucchi
Al igual que cada mañana antes de la llamada a la oración, Usman levantó la frágil persiana que separaba su tienda del resto del mercado. Un día más, el calor prometía arreciar en el exterior, pero eso al pakistaní no le importaba. Estaba tan acostumbrado a temperaturas extremas que su cuerpo ya ni transpiraba. Además, dentro del recinto, las delicias de la civilización como el aire acondicionado, hacían la vida más fácil y los caracteres de la gente más afables.
Atrás quedaron los días en que su puesto estaba en las afueras de las calles de Islamabad. Natural de Karachi, años atrás, antes de que le salieran callos en las manos a fuerza de manipular pienso para los animales, decidió mudarse a la capital porque le habían dicho que allí se vivía mejor.
Sólo algunos, como siempre.
Entonces, un primo que años atrás había emigrado a Dubái, le escribió contándole sobre las maravillas de aquella modernidad y la escasez de mano de obra.
Atraído por su lujoso comercio, arquitectura ultramoderna y vida nocturna animada, Usman convenció a su hermano Bilal y con las rupias que lograron reunir gracias a la venta del destartalado coche y parte de la dote que les diera su cuñado por casarse con Amal, partieron hacia los Emiratos Árabes.
Los comienzos, como siempre para los inmigrantes, fueron duros. Pero los hermanos eran trabajadores y con su buen carácter se hicieron un lugar entre los comerciantes del zoco.
A Bilal, desde pequeño se lo conocía por su gran «nariz». No por la protuberancia que forma parte del sistema respiratorio en los vertebrados, sino por su gran olfato, que con el tiempo lo consolidó como perfumista. Entre esta aptitud del hermano pequeño y el talento del mayor para las relaciones públicas, formaron un tándem que con el tiempo se hizo lugar en el mercado.
Lo que nunca pudieron imaginar los paquistaníes era lo que el destino les había guardado en forma de princesa. Efectivamente lo era, un miembro de la familia real. Un hada vestida de seda y a la que sólo se le veía sus pies alados, resbaló a causa de sus novísimos tacones y cayó en brazos de Usman, quien se apresuró a evitar que terminara en el suelo y con la cabeza descubierta. Bilal, rápido en reflejos, se acercó a la dama con un frasco de sus perfumes, se lo puso debajo de la nariz, logrando que el breve desmayo quedara en un suspiro y una mirada de agradecimiento.
Si estáis esperando una historia de amor entre la princesa y el perfumista, eso no ocurrirá, dado que, a pesar de la corriente eléctrica que circuló entre los personajes, ella estaba prometida a uno de sus múltiples primos. Sin embargo, la fortuna sonrió a los hermanos. En agradecimiento por su pronta reacción, fueron nombrados perfumistas de la Casa Real.
Ese olor tan querido
Marieta Alonso
Quiero creer que soy una persona razonable, con los pies en la tierra, tranquila. Pero, desde hace varias noches cuando regreso del trabajo alguien me sigue, más bien me persigue. No lo he visto, lo oigo.
Quizás sea un asesino, uno de esos a los que les gusta oír las súplicas, ver la cara de terror, oler la sangre de sus víctimas. O quizás podría asfixiarme con mi propia mochila para provocarme una parada respiratoria, sin dejar en mi cuerpo señales visibles de ahogamiento. O quizás…
Seguí caminando a la deriva, no quería que supiese donde estaba mi casa. No hay que dar pistas. En un momento dado, lo sentí cerca. Me dispuse a morir, pero antes, di la vuelta y allí estaba: ¡Un niño! ¡Harapiento y sucio! ¡Un chiquillo!
—¿Por qué me sigues? —grité zarandeándolo.
—No es a usted, señora. Es a su perfume. Es el mismo que usaba mi mamá.
Consciente de haber perdido un poco…, un mucho la compostura, lo llevé al kiosco de hamburguesas. Al verlo comer con esa ansia de llevar varios días sin probar bocado, se me partió el corazón. Pero, desconfiada como soy, antes lo machaqué a preguntas: ¿dónde vives?, ¿tus padres?, ¿tus hermanos?, ¿la escuela?, ¿es qué no tienes a nadie? A todo respondió que no.
Y desde entonces, salgo del trabajo, lo recojo del colegio y juntos vamos a casa a que se duche, cene y se acueste en una cama con edredón.
Hay que ver el frío que hace en la calle.
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