Taormina
Taormina es una localidad ubicada en lo alto de un monte, en la costa este de Sicilia. Se encuentra cerca del Etna, un volcán activo con senderos que conducen a la cima. El municipio es conocido por el Teatro Antico, un antiguo anfiteatro grecorromano que aún se utiliza. Cerca del mismo hay acantilados que forman calas con playas. Un estrecho tramo de arena conecta con Isola Bella, una isla diminuta y reserva natural.
Taormina da la bienvenida en cualquier época del año con su clima mediterráneo, su centro histórico rico de monumentos y su teatro helenístico, que ofrece un panorama espectacular del mar turquesa y una vista que se extiende hasta las costas de Calabria, la ciudad de Siracusa y la cumbre del Etna y ha servido de inspiración para los cuentos de este mes.
Cristina Vázquez
Malena Teigeiro
Liliana Delucchi
Marieta Alonso
Promesa cumplida
Cristina Vázquez
Cuando por fin llegó a la isla desde Dinamarca, pensó que el viaje había resultado fatigoso y largo. Y solo por cumplir una promesa. A Hans nunca le había gustado viajar y le horrorizaba el exceso de luz. Además, tener que atravesar ese mar, aparentemente pacífico, pero traidor como solo puede ser el Mediterráneo, fue muy desagradable.
Vivía tan tranquilo en un pueblecito de Jutlandia, donde era profesor de Arte en la escuela. Solo había viajado a Copenhague una vez por un tema administrativo y otra a Estocolmo por imposición de su mujer, Anita.
—Nunca nos movemos de aquí —se quejaba ella cada vez con más frecuencia.
—Si estamos bien, querida, para qué inventar nada —le solía contestar sosteniendo su pipa entre los dientes.
Cada vez notaba a su mujer más inquieta, como si estuviera acumulando un rencor antiguo que la volvía hosca y exigente. La verdad, Hans consideraba que Anita era demasiado fantasiosa y no tenía mucho que hacer. Si por lo menos tuviera un hijo, estaría más entretenida y se le quitaría tantos pájaros de la cabeza.
Por eso fueron a Estocolmo. Anita se empeñó que ahí estaba el mejor especialista para temas de fecundidad. Esa fue la imposición que los llevó a ese viaje. Tenía que reconocer que disfrutó de la preciosa ciudad, de sus islas, más de lo que esperaba. Ella volvió a ser la mujer alegre y encantadora del comienzo de su matrimonio, al menos hasta que el médico le dio el terrible diagnóstico.
—Lo siento enormemente, pero está muy enferma —le confesó en secreto a Hans.
Quizás en un futuro haya remedio para este mal, pero se temía que ellos no lo verían.
—Así que, cuídela. No sirve de nada que se entere de la gravedad.
Por eso, sus recuerdos de viajes no eran agradables. Copenhague por papeleo administrativo y Estocolmo…, se superpuso la mala noticia al esplendor de la ciudad.
Estos recuerdos le venían a la cabeza mientras se abanicaba con el sombrero de fieltro en un bar ruidoso del puerto de Palermo, al que por fin había arribado el barcucho que le había traído desde la península. La travesía fue dura, estuvo mareado y el supuesto capitán no paraba de hablar con los otros pasajeros en ese italiano incomprensible para él. Le preguntaban de dónde venía, si era inglés o alemán, logró entender, riéndose de su vestimenta oscura e invernal. Le miraban con extrañeza. Se veían pocos extranjeros en esa época y los pocos que iban resultaban como animales de feria, pensó angustiado. Recién llegado ya echaba de menos el orden del norte donde todo resultaba más previsible y tranquilo.
Viajó hasta Taormina por esos escarpados caminos en mula o carruaje, contemplando un paisaje seco y abrupto y sin comprender nada de lo que le decían. Se entendía por signos y consultaba su diccionario de italiano para poder pedir algo. Ellos hablaban siciliano, le decían con orgullo, pero claro que entendían.
Se compró ropa más clara y fresca y cambió su sombrero de fieltro negro por uno de paja de alas anchas, de campesino. La intensidad del sol y la luz le resultaba terrible. Notaba que se iba consumiendo por la incomodidad y por un último pensamiento de que era una estupidez cumplir una promesa hecha a alguien que ya no estaba ni podría comprobarlo nunca. Esas eran sus meditaciones en esos lentos caminos picado por las moscas.
Cada vez que preguntaba —eso lo había aprendido— cuánto quedaba, la contestación siempre era la misma: Un poco. Paciencia amigo. Y la despectiva mirada que recibía iba dejándole abatido. Por fin, una noche que paró en un albergue despojado de comodidad y limpieza, el guía que le había acompañado, sonrió.
—Signuri, dumani matina, Taormina —e hizo una especie de reverencia con su sudado sombrero.
Efectivamente, salieron al despuntar el sol y antes de que fuera mediodía avistaron la ciudad. Hans pensó que había cumplido su promesa, y que después de ir al anfiteatro, como le prometió a Anita antes de morir, descansaría y enseguida trataría de volver a su casa. Por supuesto, de una manera más cómoda y breve, si es que era posible en ese apartado lugar.
Después de descansar en el hotel, por la tarde, cuando el calor menguaba decidió ir a visitarlo. Al subir por la grada y contemplar el mar y la belleza que le envolvía, se echó a llorar sin poder contenerse. Su tristeza era inconsolable. Tanta belleza a la que él nunca quiso acceder y ahora se le ofrecía como un inesperado regalo del que nunca pudo participar su mujer. Le dio las gracias por haberle forzado a esta promesa que a él le pareció absurda.
Nunca volvió a su país.
Vistas al mar desde las gradas
Malena Teigeiro
Lloré por la tarde, continué llorando toda la noche, y ya cuando amanecía me fui al teatro romano, al lugar donde te conocí. Subí a las gradas más altas. Aquellas desde las que se ve el mar. Y el recuerdo de nuestras conversaciones, de tus sueños de navegante, me hicieron volver a llorar. Desde lo alto del graderío, como aquella madrugada, vi hinchada la vela Mayor. Sí. Tu velero partía rompiendo el agua aparentemente en calma. Decías que la brisa del amanecer os favorecería la partida en ese precioso velero en el que tantas noches pasamos juntos, ese que te regaló tu abuelo, ese que navegaba como dama acicalada camino de un baile por encima de las olas. Estuve allí, de pie, hasta verlo desaparecer en el horizonte.
Esa visión tan solo fue un sueño. El mar estaba en calma, pero no había velero.
Desde el día que me dijiste que ibas a dar la vuelta al mundo navegando, aun conociendo los peligros a los que te iba a conducir aquella locura, te ayudé a preparar el viaje. Estabas tan contento, quizá algo nervioso, eso sí, y a don Vicenzo, tu abuelo, se le veía como siempre tan feliz con tu ocurrencia. Tan solo había que ver como auténticamente emocionado presumía con unos y otros de su nieto. A sus amigos les explicaba con todo lujo de detalles el viaje que iba a emprender su Enzo. Tan felices estaban abuelo y nieto que no me atreví a comunicarles mis miedos.
A don Vicenzo parecía no preocuparle nada. Desde que al fallecer tus padres te recogió de niño te consintió cualquier cosa que hicieras. Siempre me asombró ver cómo lo que desearas era puesto en tus manos con la inmediatez de un rayo. Y eso mismo hizo cuando le pediste el velero.
Ni él, ni tú, ni ninguno, parecía pensar en lo peligroso que era el viaje que ibas a iniciar.Nadie tuvo duda alguna de que todo iba a salir a la perfección, de que el capricho de aquel joven al que yo adoraba iba a salir según los deseos de todos. Me resultaba muy curioso que nadie temiera por lo que te pudiera suceder. Tan solo yo vivía horrorizada ante los peligros a los que te ibas a enfrentar.
―No seas agorera, niña ―me dijo don Vicenzo mirándome malhumorado una vez que intenté comentar con él mis temores―. El barco está provisto de todo lo necesario. Hasta de los aparatos más modernos. Cualquier cosa que ocurra la conoceremos en minutos. ¡Qué digo en minutos! En segundos.
Desde que te fuiste, Enzo, los días pasaban con mucha calma. Se nos hacían largos, tediosos hasta que atracabas en algún puerto y nos llamabas. Primero hablabas con tu abuelo, luego conmigo y, como siempre, me llenabas el espíritu con tu alegría, con las anécdotas de terror que tanto te hacían reír y que a mí tanta angustia causaban.
Cruzaste el Atlántico, y hasta que nos comunicaste que habías pasado el estrecho de Magallanes, creo que ni tu abuelo ni yo pudimos dormir. Alegre, nos llamaste desde Puerto Williams. Unos días después de descansar un poco, decías, comenzarías a cruzar el Pacífico. Tardaste unos días en enviar un mensaje por radio. Decías que ya volvías a navegar, y que la mar estaba bastante mala. Poco después desapareciste. Sí. Pasaron días, semanas, meses sin conocer lo que te había sucedido. Todos rezábamos a la Virgen del Carmen y encendíamos velas a los santos. Y yo, un día tras otro, comencé a subir hasta la grada del Teatro Romano con la esperanza de ver aparecer tu maravilloso velero. También visitaba a tu abuelo, cosa que él agradecía.
Al fin todos nos convencimos de que te habías perdido en aquel lejano mar. Años después te dieron por desaparecido.
Me daba tanta lástima tu abuelo que no había día que no lo visitara. Siempre lo encontraba triste, lloroso, creo que hasta se culpaba de lo ocurrido. Si al menos pudiera rezar sobre su tumba, gemía. Él era mi única familia, me dijo un día. Mi mayor sorpresa fue cuando falleció haciéndome heredera de todos sus bienes. Dejó escrito que mis hijos hubieran podido ser sus biznietos y por eso los quería como si lo fueran. Porque yo, Enzo, pasados unos años me casé y tengo tres hijos a los que tu abuelo adoraba.
Y ahora, eso sí, sin llorar, sentada en la grada más alta con esta carta en la mano enviada por no sé qué abogado, me reclamas tu herencia. Pues verás. Aquí, en el mismo lugar del circo romano desde el que te vi partir hoy solo tengo un pensamiento. Ya han pasado más de diez años y no tienes ningún derecho a la herencia de tu abuelo. No sabes cuánto lo siento. Lo mío es mío y de nadie más.
Enzo ¿quién iba a pensar que te habías vuelto loco por una mujer de Adamstwon y que habías decidido crear con ella una familia olvidándote de tu abuelo, de mí y de todo lo que había sido tu vida hasta entonces?
Por cierto, tuve que abrir Google para ver dónde caía ese sitio. Ahí me enteré de que era la capital de Pitcairn, la única isla habitada a cientos y cientos de millas de la costa más próxima a Chile, en donde, dicen, habitan las mujeres más preciosas. Pues que te vaya bien con las que hayas elegido.
Isola Bella
Liliana Delucchi
Por suerte no me registraron el bolso del maquillaje. Con las ansias por llegar nunca recuerdo lo pesado que es el viaje desde Londres hasta aquí. Me estoy haciendo vieja y protestona. La verdad es que no resulta fastidioso: ferry, coche, ferry. Siempre rodeada de gente con ganas de divertirse.
Mi cometido, aunque esperado, no es del todo desagradable. Se lo debo. Tía Florence o zía Fiorenza, a gusto del consumidor, se lo merece. Además, lo prometido es deuda.
Todavía recuerdo cuando la conocí. Fue un día de verano, como éste, aunque no con tanto calor, seguramente a los siete años no lo sientes. Iba de la mano de mi padre, quien me la presentó como la mejor amiga de mamá, y la podía llamar auntie.
Mi progenitora había muerto unos meses atrás a causa de una gripe transformada en pulmonía. Era soprano y, según me contaron, su última ópera fue La Traviata. ¿Casualidad?
Papá repetía cada año su viaje a Italia como reminiscencia de aquel Grand Tour que formaba parte de la tradición de ciertas familias británicas, y ese año lo acompañé. Creo que sentía lástima por mi orfandad a tan temprana edad y ¿por qué no decirlo?, también por su viudez siendo tan joven. Viudez que más tarde supe por boca de la mismísima zía Fiorenza, ella amenizaba con su juventud y dulzura. Fueron amantes hasta que él murió, pero eso, aunque lo intuía, lo supe con seguridad el día que auntie decidió que era hora de que conociera toda la historia.
Mi madre no había muerto de gripe, tuberculosis, o cualquier enfermedad en los pulmones, sino en un accidente cuando, habiendo abandonado a su marido por el tenor que interpretaba a Alfredo, el coche que conducía el cantante se desbarrancó por un acantilado. Fue cerca de Sicilia, cerca de Taormina, las ruinas en las cuales auntie y yo tuvimos nuestro primer encuentro. A Papá le costó mucho superarlo y no sé si por respeto a la difunta o por puro masoquismo repetía el viaje cada verano.
Un día en que me dejaron durmiendo la siesta, Florence y él esperaron a que bajara la marea y fueron caminando hasta Isola Bella. Allí se dieron el primer beso y empezó la relación que duraría décadas. No sé muy bien cómo se arreglaban, porque ella vivía en Milán, como diseñadora de escenarios y él en Londres, dirigiendo la empresa familiar.
Mi relación con la zía comenzó por correspondencia (además de los encuentros veraniegos en Sicilia), siguió por mail y finalmente, gracias a la tecnología, por WhatsApp y zoom. Así fue cómo me enteré de que su salud no mejoraba a pesar de los tratamientos. Aquella hermosa mujer con pamela de paja, que había conocido en las ruinas de Taormina, estaba perdiendo el fulgor en las mejillas que un día colorearon el sol del Mediterráneo. Quiso regresar a Londres con su familia. No me separé de ella los últimos tiempos y le prometí que algunas de sus cenizas (las que pudiera transportar en mi bolsa de maquillaje) la tiraría en su adorado mar.
Estoy esperando que baje la marea para cruzar a Isola Bella, porque en un pequeño estuche que llevo en la funda de las gafas, también están las cenizas de papá.
Ideas geniales
Marieta Alonso
Sabía tan bien, como que me llamo María, que hiciera lo que hiciese nunca conseguiría enamorarlo. En aquel lugar habitaban los fantasmas por los que estaba fascinado. Observaba las montañas recortadas en el cielo y los charcos brillantes de la reciente lluvia. Y me hablaba de casas enormes con patio y jardines, donde había mujeres lánguidas, altas, bellas, con trajes de colores suaves y grandes sombreros que olían como las flores de su jardín.
Quería hacerle ver que yo bien podría ser como ese árbol que había sobrevivido tantos años. La savia bullía dentro de mí y las lágrimas del suelo escalaban a través de mi tronco. La naturaleza se había volcado en mí, no en el físico, pero sí dándome un corazón inmenso que le entregaba en bandeja de plata. Además, lo podría ayudar en sus estudios arqueológicos.
Me sonreía como quien oye llover. Y yo, sufriendo. Pero, ¿qué culpa podría tener yo de no haber nacido en Grecia, ni en Roma, ni en aquella época? La cigüeña me llevó al Caribe y allí me soltó en una isla, como esta, pero sin ese yacimiento que lo tiene atontado.
Le hablé de Goethe, Nietzsche, Wagner…, ilustres visitantes de este maravilloso lugar. Nada. Eran las piedras lo que amaba. Entonces le hablé del valorado mármol de sus canteras y por vez primera, me miró de reojo.
Aproveché el momento para hablarle de Venus, romana ella, de Afrodita, la equivalente griega. Y allí entre las gradas, se me iluminó la mente y me desnudé para mostrarle las formas sinuosas y dinámicas de lo femenino, unas veces cubriéndome parcialmente, otras de pie, recostada…
¡Cómo no se me ocurrió antes! Un éxito.
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